Vivir, trabajar, y cotizar… ¿y votar?

A las puertas de las elecciones del 29 de noviembre, recuperamos una reflexión de nuestro primer Convit/e para preguntarnos quién decide en las ciudades que compartimos.
En septiembre de 2022 publicamos el número 0 de Convit/e. En la portada, una frase sencilla y a la vez incómoda: «Migrar ès un dret». En el editorial nos comprometimos a algo más: llamar a las cosas por su nombre, porque cuando se habla de migración los eufemismos acaban deformando la realidad y haciendo que lo injusto parezca justo.
Cuatro años después, con dos citas electorales por delante, esa promesa sigue siendo un buen punto de partida. Empecemos, pues, por los hechos.
Qué dice la ley hoy
En las elecciones generales del 29 de noviembre de 2026 solo pueden votar las personas con nacionalidad española. Así lo establece el artículo 13.2 de la Constitución. Quien vive aquí desde hace años, trabaja y contribuye a su barrio no participa en esa elección.
En las elecciones municipales del 23 de mayo de 2027 el margen es algo mayor. Pueden votar las personas de la Unión Europea inscritas en el censo electoral y mayores de edad. También las de países con acuerdo de reciprocidad: Bolivia, Cabo Verde, Chile, Colombia, Corea, Ecuador, Islandia, Noruega, Nueva Zelanda, Paraguay, Perú, Reino Unido y Trinidad y Tobago.
En este segundo caso hay requisitos: autorización de residencia, cinco años de residencia legal e ininterrumpida (tres para Noruega y Reino Unido), empadronamiento e inscripción en el censo electoral para cada convocatoria.
Para el resto de personas, la residencia por sí sola no da derecho a votar, ni siquiera en el municipio donde viven. Hoy, el derecho depende menos del tiempo que alguien lleva aquí que del pasaporte que tiene.
Una pregunta que ya nos hacíamos en 2022
En aquel número, la politóloga Gemma Pinyol-Jiménez, especialista en políticas migratorias y diversidad, firmó «Convivència en la diversitat». Su artículo comienza recordando algo que debería sobrar: las migraciones nos acompañan desde siempre. Con los estados nación llegaron palabras como «forastero» o «extranjero» y, con ellas, espacios donde quien llegaba tenía menos derechos que quien nunca se había movido.
Su observación de fondo sigue vigente. Las democracias se construyeron sobre la igualdad en derechos, y la nacionalidad, recordaba, es en buena parte fruto de la casualidad: nadie elige dónde nace. De ahí su frase más citada: «Toca, avui, escandalitzar-se perquè hi ha persones que viuen, treballen i cotitzen a les nostres ciutats i no tenen dret a vot».
Pinyol-Jiménez señalaba también que el debate público suele moverse entre dos polos: el miedo, que puede llevar al odio, y la compasión, que puede llevar al paternalismo. Hablar de participación nos saca de ese dilema. No se trata de temer ni de conceder favores, sino de preguntarnos quién forma parte de la conversación sobre lo común.
Llamar a las cosas por su nombre
Hablamos de «residentes», de «extranjeros», de «colectivos». Pero detrás hay vecinas, compañeros de trabajo, comerciantes, cocineras. En Mescladís lo vemos cada día: Personas que cotizan, que cuidan, que emprenden y que, en muchos casos, el día de las elecciones miran desde fuera.
Nuestro propio nombre es una declaración de principios. «Mescladís» viene del aranés y significa «que se puede mezclar». Escogimos una lengua minoritaria porque creemos que la calidad de una democracia se mide por cómo trata a sus minorías. Y una democracia se enriquece cuando escucha a todas las personas que la habitan.
Qué podemos hacer
Si todavía no puedes votar, empadronarte es el primer paso: es la base de casi todo trámite. Revisa si tu nacionalidad te permite votar en las municipales y, si es así, no dejes pasar los plazos. Si lo valoras, infórmate también sobre los requisitos para obtener la nacionalidad.
Si puedes votar, hay algo al alcance de todas y todos: preguntar, escuchar y contar con quienes no pueden hacerlo en las conversaciones del barrio, del trabajo o de la escalera. Quizá no coincidamos en las respuestas, pero la pregunta merece una conversación honesta y sin miedo.
En Convit/e aprendimos que convidar es hacer sitio en la mesa. Compartimos mesa. Compartamos también la conversación.
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